Las seis caras de un cristal de cuarzo simbolizan los seis chakras o puntos de energía que terminan en vértice coronado, la conexión con el infinito. Pero también muchos cristales tienen una base plana que los enraíza con la tierra. Los cristales de cuarzo muestran que el plano material puede ser capaz de un estado de perfección física de tal naturaleza que pueda albergar y reflejar la luz más pura, por eso simbolizan la alineación con la armonía cósmica, al mostrar la pureza y unidad en cada molécula del ser.
Dos son las grandes familias de cuarzos, la macrocristalina, al la que pertenece el cristal de roca, del que se obtienen lentes de gran precisión; la amatista, transparente y purpúrea; los cuarzos cetrino y ahumado, el rutilo, la turmalina…
El otro gran grupo es el de los cuarzos criptocristalinos, y a él pertenecen el ágata, sílex, jaspe, etc.
En sus libros sobre cristales, la gemoterapeuta americana Katrina Raphaell menciona doce piedras de la nueva era, y siete familias entre el reino de los cristales, atendiendo a su estructura geométrica y molecular. Aunque establecer clasificaciones y familias siempre es muy relativo, lo cierto es que el proceso metódico de unión entre átomos en cualquier estructura cristalina confiere a estas representaciones de la naturaleza la propiedad de ser un todo homogéneo.
Los cristales tiene el poder de recibir, contener proyectar, emanar, retractar y reflejar la luz, esa suprema expresión de las energías conocidas del mundo físico. Y al explorar los cristales sabemos que tal manifestación física no es más que una variación vibratoria de una esencia primigenia. Los cristales pueden participar en el proceso de concienciación, enseñándonos la armonía con la esencia creadora y unificadora del universo.